
Trump y México: el palo y la zanahoria
Cómo la táctica de presión y recompensa de Trump podría redefinir el futuro del T-MEC y la economía de México.
La relación entre Trump y México se ha definido por una compleja estrategia de "palo y la zanahoria", un método de negociación que combina la presión directa con la promesa de beneficios. Esta táctica responde a una agenda geoeconómica clara: alinear las políticas mexicanas con los intereses comerciales de Estados Unidos. Para la economía nacional, esto genera un entorno de constante incertidumbre, donde las decisiones de inversión y las políticas públicas deben sopesar las posibles reacciones de su principal socio comercial. La amenaza de aranceles, el endurecimiento de las políticas migratorias o la revisión de acuerdos comerciales actúan como el "palo", una herramienta de coacción para obtener concesiones. Mientras tanto, la "zanahoria" se manifiesta en la promesa de mantener el acceso preferencial al mercado estadounidense o en la posibilidad de atraer inversiones si México coopera, creando un ciclo de dependencia.
El "palo" fue la cara más visible de esta estrategia. Durante la renegociación del TLCAN, que culminó en el T-MEC, las amenazas de imponer aranceles a productos como el acero y los automóviles fueron constantes. Esta presión no solo buscaba ventajas para productores estadounidenses, sino generar un clima de inestabilidad que obligara a ceder en puntos críticos, como las reglas de origen y políticas laborales. La Secretaría de Economía se vio forzada a navegar en aguas turbulentas, defendiendo los intereses nacionales mientras evitaba una ruptura comercial. Para las empresas en México, especialmente en los clústeres industriales del norte y el Bajío, esta volatilidad complicó la planificación, haciendo que cualquier inversión estuviera sujeta a las declaraciones de Washington.
Frente a esta ofensiva, la "zanahoria" se presentaba sutilmente. La recompensa por la cooperación era, en esencia, la suspensión temporal de las amenazas. Mantener el flujo comercial sin nuevos aranceles o recibir un respaldo público se convirtieron en victorias diplomáticas que, aunque valiosas, reforzaban una dinámica de subordinación. Esta estrategia condicionó la política exterior de México, que tuvo que priorizar la contención de daños en la relación bilateral. En el fondo, la promesa de estabilidad se convirtió en la principal moneda de cambio, un bien que dependía de la Casa Blanca. La política de Trump y México demostró que la certidumbre económica puede ser un arma poderosa. La posible vuelta de este enfoque obliga a los sectores productivos a prepararse para un nuevo ciclo de presiones donde las reglas del juego pueden cambiar.
Ante un escenario político estadounidense en constante cambio, comprender la estrategia de presión y recompensa no es un simple análisis del pasado. Para México, representa la necesidad de fortalecer sus propias palancas de negociación y diversificar sus alianzas comerciales. Para el ciudadano, significa estar alerta a cómo las decisiones en Washington pueden traducirse en volatilidad para el peso, afectar los costos de productos importados y alterar el panorama laboral en industrias clave que dependen de la estabilidad del T-MEC.