
Programas sociales: ¿solución o trampa?
Los programas sociales crecen, pero ¿reflejan un avance real o esconden una falla en el modelo económico?
Los programas sociales en México se han expandido significativamente, convirtiéndose en un pilar central de la política de bienestar. Sin embargo, su constante aumento podría ser una señal de alerta más que un indicador de éxito. Este crecimiento responde a una desconexión preocupante: mientras la población aumenta, los índices que miden el desarrollo socioeconómico no avanzan al mismo ritmo. Esta brecha genera una dependencia cada vez mayor de los apoyos gubernamentales para compensar las carencias estructurales que el modelo económico no ha logrado resolver. En lugar de ser un trampolín hacia la autosuficiencia, la asistencia social corre el riesgo de convertirse en una red que simplemente contiene los efectos de una economía que no genera suficientes oportunidades para todos. La discusión no debería centrarse únicamente en el monto de las transferencias, sino en por qué se han vuelto tan indispensables para millones de familias mexicanas, una pregunta que nos obliga a mirar más allá de las cifras de inversión y cuestionar las bases del crecimiento nacional.
El verdadero desafío radica en corregir una trampa estadística y de política pública que se ha perpetuado por años. Cuando el crecimiento demográfico supera la mejora en indicadores clave, como los medidos por el INEGI, el resultado es un estancamiento del bienestar real. El aumento en el valor de los programas sociales actúa como un paliativo que atiende el síntoma y no la enfermedad, una solución temporal a un problema de fondo. Comprender esta dinámica es crucial hoy en México, ya que define el futuro de la estabilidad económica del país y, directamente, el bolsillo de los ciudadanos. Un modelo basado en la compensación en lugar de la generación de riqueza sostenible no solo es fiscalmente insostenible a largo plazo, sino que también limita las verdaderas oportunidades de movilidad social y prosperidad para las nuevas generaciones, afectando la capacidad de ahorro, inversión y consumo de cada familia.