
Fracking en México: el debate energético pendiente
Crece la dependencia del gas de Texas mientras el debate sobre el fracking en México sigue sin resolverse.
El fracking en México representa una de las mayores paradojas energéticas del país. A pesar de que el subsuelo nacional alberga vastas reservas de gas natural, principalmente en la Cuenca de Burgos, la dependencia de las importaciones provenientes de Texas no deja de crecer. Esta situación coloca a la economía mexicana en una posición de vulnerabilidad, sujeta a las fluctuaciones de precios y a la disponibilidad de un recurso que, en teoría, poseemos en abundancia. La discusión sobre la fracturación hidráulica, técnica necesaria para extraer este gas no convencional, ha sido postergada por años, atrapada entre promesas de autosuficiencia energética y serias preocupaciones ambientales que no pueden ser ignoradas.
La técnica, conocida formalmente como fracturación hidráulica, implica inyectar a alta presión una mezcla de agua, arena y productos químicos en el subsuelo para liberar el gas atrapado en formaciones rocosas de esquisto (shale). Sus defensores la presentan como la ruta más directa para reducir la costosa factura de importación, fortalecer a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) con gas más barato para sus plantas y, en última instancia, ofrecer tarifas más competitivas a los consumidores. Argumentan que, con una regulación estricta, los riesgos ambientales, como la contaminación de acuíferos o la sismicidad inducida, pueden ser gestionados de manera eficaz, siguiendo el modelo de desarrollo que ha convertido a Estados Unidos en una potencia exportadora de energía.
Sin embargo, para sus detractores, los riesgos superan con creces los posibles beneficios. Organizaciones civiles y comunidades locales señalan el intensivo uso del agua que requiere el método, un recurso cada vez más escaso en las zonas del norte de México donde se encuentran los yacimientos. Además, alertan sobre el potencial de contaminación irreversible de las fuentes de agua subterránea y el impacto en los ecosistemas. Este debate pone sobre la mesa una pregunta fundamental para el futuro del país: ¿debe México apostar por un recurso fósil controversial para asegurar su presente energético, o debería dirigir sus esfuerzos e inversiones hacia una transición acelerada a las energías renovables, aunque el camino sea más largo y complejo? La respuesta sigue enterrada bajo complejos mantos de intereses políticos y económicos.