
Automotriz mexicana: auge en ligeros, reto en pesados
La industria automotriz mexicana vive un auge histórico, pero una de sus ramas clave enciende las alarmas.
La industria automotriz mexicana atraviesa un momento de marcados contrastes. Por un lado, el segmento de vehículos ligeros exhibe una fortaleza notable, impulsada por una demanda interna robusta y un ritmo de exportación que consolida a México como potencia manufacturera. Este dinamismo, visible en las cifras récord de producción y venta de automóviles y SUVs, es un reflejo del fenómeno de relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), que atrae inversiones y fortalece la confianza del consumidor. El acceso a créditos y una oferta diversificada han permitido que más familias adquieran un vehículo nuevo, estimulando así la economía y generando empleos clave en los corredores industriales del Bajío y el norte del país.
Este auge no solo beneficia a las grandes ensambladoras, sino que irriga a toda una red de proveedores nacionales, desde pymes hasta fabricantes de autopartes. El éxito se fundamenta en la competitividad de la mano de obra y en la sólida integración con Norteamérica bajo el T-MEC. Sin embargo, esta cara positiva oculta una realidad más compleja. Mientras los autos particulares salen de las agencias a ritmo acelerado, el sector de vehículos pesados, que incluye tractocamiones y camiones de carga, ha encendido una luz de alerta. Esta situación preocupa a analistas económicos y logísticos, pues revela una historia completamente distinta.
La desaceleración en la venta de estos gigantes del asfalto sugiere cautela entre las empresas de transporte. Factores como la incertidumbre económica a largo plazo, el encarecimiento de componentes y los desafíos de seguridad en carreteras frenan la renovación de flotas. Esto no es un tema menor; la capacidad de transporte de mercancías es el termómetro que mide la salud del comercio. Un sector de carga estancado podría convertirse en un cuello de botella para el propio nearshoring, afectando la eficiencia con la que los productos se mueven desde las fábricas hasta las fronteras. La resiliencia de un sector contrasta directamente con la fragilidad del otro.
Esta dualidad en la industria automotriz impacta directamente el bolsillo y la vida diaria. Mientras el auge en vehículos ligeros puede traducirse en mejores oportunidades de empleo y mayor acceso a la compra de un auto, el estancamiento en el transporte pesado amenaza con encarecer la logística. Un transporte de carga débil o ineficiente puede provocar retrasos en la entrega de productos y, eventualmente, un aumento en los precios de bienes de consumo que llegan a los anaqueles, afectando la inflación y el poder adquisitivo de todos los mexicanos.